La Macorina

macorinaEn la modesta funeraria de la calle Zanja se da el último adiós a una de las más renombradas prostitutas en la historia de Cuba, a La Macorina del danzón y el son de consumo público . Muy cerca del recinto funerario todavía vive Armando Valdés, un anciano que la conoció y quien no se esfuerza mucho para ocultar que la admiró galantemente.
—Era la hembra más celebrada de toda la ciudad —cuenta Valdés. La recuerdo entrada en carnes, ojos claros y de un trato exquisito. Se decía que sus padres la habían abandonado y que ella se había entregado al negocio del amor. Cojeaba ligeramente debido a un accidente, pero era una de las mujeres más hermosas que jamás haya visto.
Poco después del 30, La Macorina comenzó a perder popularidad. Se decía que sus protectores le habían vuelto la espalda, que estaba enferma, que se había retirado, qué se yo. Ya andaba por los 40, pero todavía tenía buenas carnes, que yo lo recuerdo bien.
Casimira Lamas, una de sus vecinas de la barriada, fue quien atendió a La Macorina en su cama de moribunda.
—Su verdadero nombre era María Calvo. María me pidió que el día de su muerte le pusiera el vestido amarillo y que no le dijera a nadie que era La Macorina. Una tarde me pidió café. Cuando regresé, ya había muerto. Un médico vecino certificó su defunción como cardiaca. Yo nunca he dejado de llevarle flores.
Pero...¿qué dijo La Macorina, en 1958, al único periodista que logró entrevistarla en su cuarto de la calle Apodaca?
—Macorina, ¿cómo fueron tu niñez y adolescencia?
—Nací en l892 en el seno de una familia bien, como se decía entonces... Vivíamos en un pueblo en las afueras de La Habana. La primavera en el campo embriaga. Yo tenía 15 años y la sentía en la piel, en los ojos, en el alma. La primavera me empujó a escapar de casa con un hombre que prometió amarme por siempre. Mis padres intentaron que regresara, pero seguí en La Habana con mi primer y único amor, aquél que recordaré hasta mi muerte. El apenas podía garantizar nuestra seguridad económica. Un día apareció una mujer que dijo saber la forma en que podíamos vivir lujosamente. Yo accedí y con ese tremendo error comenzó una etapa de mi vida que dio origen al mote, al danzón y al son que tanto odio.
—Por cierto, Macorina, ese sobrenombre...
—Fue así de sencillo: en La Habana de entonces había una popular cupletista a quien llamaban La Fornarina. Una noche me paseaba por una de las calles más populares de la ciudad, cuando un borrachín, confundiéndome con ella y pensando que su nombre era Macorina, comenzó a llamarme a grandes voces. La gente celebró el suceso con risotadas y a partir de ese momento me endilgó ese nombre. Hace 25 años reniego de él.
—Tienes una manera muy elegante de hablar, María...
—Recuerda que alterné con lo más selecto de la sociedad habanera...
—¿Cómo te afectó la crisis de los años 30?
— Mi estrella comenzó a declinar. Vendí mis nueve autos, mis cuatro mansiones, mis vestidos, joyas, pieles... Los que antes me adulaban, ahora volvían la cara.
—¿Te reprochabas algo de manera especial?
—Durante toda mi vida tuve una ilusión: llenar un avión con muñecas y repartirlas entre todas las niñas de Cuba. A veces, en medio de una fiesta y rodeada de admiradores, mi pensamiento volaba hacia aquel avión cargado de muñecas.
—¿Eres feliz?
—Siempre he sido feliz y desgraciada al mismo tiempo, como ahora. Hoy no tengo ilusiones, pero sí paz. Vivo acompañada en soledad.
—¿Qué significa eso?
—Yo sé por qué te lo digo.
Fernando Hernández Benítez era jefe de sección del cementerio de Colón en la época en que falleció nuestro personaje.
—Este es el panteón donde fue enterrada quien se hacía llamar María Calvo, pero cuyo verdadero nombre era María Constancia Caraza Valdés, según consta en los libros del cementerio. Cuando el 16 de junio de 1977 fue enterrada, no hubo danzón, ni son, ni se dijo que se trataba de La Macorina. Posteriormente, el 4 de agosto de 1986, su cadáver fue exhumado y los restos trasladados a un osario.
Sin embargo, La Macorina no se ha ido del todo. Su fantasma curvilíneo anda y desanda la ciudad, y a veces, negligentemente tendida sobre una desgastada piel de armiño, dormita sobre el malecón habanero. Pocos notan en su presencia y sospecho que uno de ellos sea esta niña que, halándome de la manga, me dice sin ton ni son:
—Yo me llamo María. Cuando crezca, voy a ser aeromoza, como mi mamá. Entonces voy a llenar un avión con muñecas para regalárselas a todas las niñas de Cuba. Y si alguna no alcanza, yo le doy la mía.
(1) La Macorina no constituye una canción propiamente, sino una suerte de estribillo que todavía hoy los músicos cubanos incorporan a sus sones y danzones. Es de autor anónimo y existen referencias testimoniales de que ya se conocía por 1915. Algunos se lo atribuyen al cantante Abelardo Barroso debido a que fue muy popular en su voz.

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