Historia del famoso Burro Perico

burro pericoSe cuenta que nació en la famosa loma de Cerro Calvo, en las cercanías de la ciudad de Santa Clara, por el año 1914. “El destino inicial de este jumento fue tirar de un carretón de helados, luego de otro carromato con objetos de ferretería y finalmente, de uno que recolectaba botellas. Su dueño fue Bienvenido Pérez, alias Lea, quien siempre le trataba con cariño y afecto. Se atestigua que éste solípedo un día al año visitaba por sí mismo su lugar natal, en cuyos corrales, ya por esta época, existía el mejor criadero asnal de la región”. Tal vez la primera de las acciones públicas de Perico, fue cuando Lea prestó el animal de trabajo a su primo Eusebio, quien lo utilizó en el tiro de un carro de helados. “Cuando se encontraba vendiendo en el paradero de trenes, los truenos anunciaron un fuerte aguacero y el hombre fue a refugiarse en los portales dejando amarrado al pobre animal a un poste. Uno de estos rayos le asustó tanto, que  partió las riendas y se lanzó al galope para la casa de Lea, dejando el carro de las sorbeteras en muy mal estado”. Por lo cual fue devuelto a su dueño.
Bienvenido prosperó en sus negocios, adquirió un vehículo motorizado y premió a Perico con la jubilación. Pero se cuenta, que al encontrarse frente a frente con el carro que provocó su retiro, plantó sus cascos sobre la defensa delantera, para impedirle el paso en actitud retadora. A partir de ahí, nuestro pollino comenzaría a salir por las calles de la ciudad y al anochecer regresaba a casa. “Se convirtió así en un animal andariego, cuya presencia se hizo habitual en las calles de Santa Clara y pasó a ser un detalle citadino su estampa de mansedumbre y trote cansado, por las más céntricas avenidas, donde hasta los choferes detenían gustosos sus autos para dejarlo pasar. Un caramelo brindado por un niño aquí, un sorbo de refresco allá, creándose el noble asno recorridos habituales, donde se incluyó el delicado toque con sus cascos a la puerta de las mismas viviendas, todos los días a igual hora, para deleitarse con un pedazo de pan”. Como si quisiera demostrarle a Lea, que se las bastaba solo para buscarse el sustento.
Así se hizo costumbre citadina el recorrido callejero de este burro andariego. “Cuando alguien, le brindaba de comer en la puerta o ventana de la casa, aceptaba la invitación, grabando el recuerdo en su solípeda memoria, de modo que jamás olvidaría saludar diariamente a los nuevos amigos”. De esta manera, aprendió a tocar delicadamente con uno de sus cascos delanteros a la puerta de algún domicilio, donde seguramente con anterioridad y de forma espontánea le habían brindado pan. “Lo cual se convirtió como un toque a la puerta de la historia, pues desde entonces trascendió a la celebridad y la fama. Comenzó a visitar algunas viviendas donde le procuraban su alimento predilecto, el pan. Así siguió engrosando la lista de sus cariñosos suministradores. El toque de Perico era algo sensacional en la cotidianidad de una casa; brindarle pan, más que una limosna era un acto de gratitud por tan simpático gesto”.
La vida pública del singular asno está llena de anécdotas enriquecen la biografía de este émulo cubano de Platero, formando parte de las tradiciones santaclareñas. Muchos recuerdan cuando “era punta de lanza en las manifestaciones estudiantiles que se llevaban a cabo. Los jóvenes del instituto indignados ante la llamada "Prueba Selectiva" fueron con su protesta al Rector de la Universidad y allí iba Perico”. También, cuando “el primer gobierno de Fulgencio Batista, Perico saltó a la calle portando sendos carteles que decían: "Abajo Batista" y "Abajo el director", refiriéndose al Director del Instituto de Segunda Enseñanza, que en componenda con los políticos de turno, permitía a algunos estudiantes que recogieran dinero a nombre del estudiantado y para su beneficio personal”. Además, Perico estuvo preso. Un día cometió el error de invadir los jardines del Parque Leoncio Vidal. El alcalde lo vio personalmente y lo mandó a prender por comerse el césped. “Al enterarse el estudiantado, se lanzó a la calle conjuntamente con la población. El político funcionario, al ver que se ponía en juego su próxima reelección creando estas discordias, accedió a ponerlo en libertad”.
El 24 de febrero de 1947, unas fiebres lo tiraron al suelo y ya no se levantó más. “Legaba con su deceso una saga desmesurada de elogios, sobre su capacidad para vivir en sociedad. Los habitantes de la ciudad erigieron una estatua en su memoria y una de las esquelas mortuorias indicaba: “era bueno e inteligente como un humano”. En la oración fúnebre a Perico, el senador Fileno Cárdenas le entregó el título de “pilongo”, que es el gentilicio familiar, para los santaclareños nacidos en la ciudad, que se bautizaron en la pila de la iglesia del Carmen. En muchos periódicos de la Isla se dio cuenta de su fallecimiento y hasta el New York Times, publicó la noticia de su muerte, en una nota que encabezaba: Perico ha muerto”.

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