El Platanal de Bartolo

platanal-de-bartoloEn el año 1956 se celebraron los carnavales en la ciudad de Ciego de Ávila y a un entusiasta vecino de la calle Honorato Castillo se le ocurrió la feliz iniciativa de adornar aquella vía con hojas de plátano y situar un enorme cartel que decía: “PASEN A BAILAR Y GOZAR AL PLATANAL DE BARTOLO”. Los vecinos de aquella calle recordaban que fueron los carnavales que más días duraron. Fueron 45 jornadas de fiesta con distintas orquestas que hicieron bailar a todo el pueblo.

Un impetuoso avileño nombrado Abelardo Mora localizó a Chepín —que había ido con su orquesta a los carnavales—, y le ofreció 90 pesos para que amenizara un baile en “El platanal de Bartolo”. La suma ofrecida era muy exigua, pero no obstante Chepín aceptó deseoso de sumarse al entusiasmo de la ciudad. Aquella noche “El platanal de Bartolo” se llenó por completo de un público entusiasmado al poder bailar y gozar con una de las más populares orquestas del momento.

La Macorina

macorinaEn la modesta funeraria de la calle Zanja se da el último adiós a una de las más renombradas prostitutas en la historia de Cuba, a La Macorina del danzón y el son de consumo público . Muy cerca del recinto funerario todavía vive Armando Valdés, un anciano que la conoció y quien no se esfuerza mucho para ocultar que la admiró galantemente.
—Era la hembra más celebrada de toda la ciudad —cuenta Valdés. La recuerdo entrada en carnes, ojos claros y de un trato exquisito. Se decía que sus padres la habían abandonado y que ella se había entregado al negocio del amor. Cojeaba ligeramente debido a un accidente, pero era una de las mujeres más hermosas que jamás haya visto.
Poco después del 30, La Macorina comenzó a perder popularidad. Se decía que sus protectores le habían vuelto la espalda, que estaba enferma, que se había retirado, qué se yo. Ya andaba por los 40, pero todavía tenía buenas carnes, que yo lo recuerdo bien.
Casimira Lamas, una de sus vecinas de la barriada, fue quien atendió a La Macorina en su cama de moribunda.
—Su verdadero nombre era María Calvo. María me pidió que el día de su muerte le pusiera el vestido amarillo y que no le dijera a nadie que era La Macorina. Una tarde me pidió café. Cuando regresé, ya había muerto. Un médico vecino certificó su defunción como cardiaca. Yo nunca he dejado de llevarle flores.
Pero...¿qué dijo La Macorina, en 1958, al único periodista que logró entrevistarla en su cuarto de la calle Apodaca?
—Macorina, ¿cómo fueron tu niñez y adolescencia?
—Nací en l892 en el seno de una familia bien, como se decía entonces... Vivíamos en un pueblo en las afueras de La Habana. La primavera en el campo embriaga. Yo tenía 15 años y la sentía en la piel, en los ojos, en el alma. La primavera me empujó a escapar de casa con un hombre que prometió amarme por siempre. Mis padres intentaron que regresara, pero seguí en La Habana con mi primer y único amor, aquél que recordaré hasta mi muerte. El apenas podía garantizar nuestra seguridad económica. Un día apareció una mujer que dijo saber la forma en que podíamos vivir lujosamente. Yo accedí y con ese tremendo error comenzó una etapa de mi vida que dio origen al mote, al danzón y al son que tanto odio.
—Por cierto, Macorina, ese sobrenombre...
—Fue así de sencillo: en La Habana de entonces había una popular cupletista a quien llamaban La Fornarina. Una noche me paseaba por una de las calles más populares de la ciudad, cuando un borrachín, confundiéndome con ella y pensando que su nombre era Macorina, comenzó a llamarme a grandes voces. La gente celebró el suceso con risotadas y a partir de ese momento me endilgó ese nombre. Hace 25 años reniego de él.
—Tienes una manera muy elegante de hablar, María...
—Recuerda que alterné con lo más selecto de la sociedad habanera...
—¿Cómo te afectó la crisis de los años 30?
— Mi estrella comenzó a declinar. Vendí mis nueve autos, mis cuatro mansiones, mis vestidos, joyas, pieles... Los que antes me adulaban, ahora volvían la cara.
—¿Te reprochabas algo de manera especial?
—Durante toda mi vida tuve una ilusión: llenar un avión con muñecas y repartirlas entre todas las niñas de Cuba. A veces, en medio de una fiesta y rodeada de admiradores, mi pensamiento volaba hacia aquel avión cargado de muñecas.
—¿Eres feliz?
—Siempre he sido feliz y desgraciada al mismo tiempo, como ahora. Hoy no tengo ilusiones, pero sí paz. Vivo acompañada en soledad.
—¿Qué significa eso?
—Yo sé por qué te lo digo.
Fernando Hernández Benítez era jefe de sección del cementerio de Colón en la época en que falleció nuestro personaje.
—Este es el panteón donde fue enterrada quien se hacía llamar María Calvo, pero cuyo verdadero nombre era María Constancia Caraza Valdés, según consta en los libros del cementerio. Cuando el 16 de junio de 1977 fue enterrada, no hubo danzón, ni son, ni se dijo que se trataba de La Macorina. Posteriormente, el 4 de agosto de 1986, su cadáver fue exhumado y los restos trasladados a un osario.
Sin embargo, La Macorina no se ha ido del todo. Su fantasma curvilíneo anda y desanda la ciudad, y a veces, negligentemente tendida sobre una desgastada piel de armiño, dormita sobre el malecón habanero. Pocos notan en su presencia y sospecho que uno de ellos sea esta niña que, halándome de la manga, me dice sin ton ni son:
—Yo me llamo María. Cuando crezca, voy a ser aeromoza, como mi mamá. Entonces voy a llenar un avión con muñecas para regalárselas a todas las niñas de Cuba. Y si alguna no alcanza, yo le doy la mía.
(1) La Macorina no constituye una canción propiamente, sino una suerte de estribillo que todavía hoy los músicos cubanos incorporan a sus sones y danzones. Es de autor anónimo y existen referencias testimoniales de que ya se conocía por 1915. Algunos se lo atribuyen al cantante Abelardo Barroso debido a que fue muy popular en su voz.

El Cristo de La Habana

cristo habanaAl apreciar una imagen blanca con un brazo extendido apuntando hacia la Bahía de la Habana y el otro sobrecogido en su regazo, nos parece estar observando una deidad que desde su altura mira el destino de los hombres, de aquellos que navegan en las protegidas aguas de esta gran rada habanera y que fuera lugar seguro para huir de los ataques de corsarios y piratas.

Los moradores de las edificaciones aledañas dotadas de tejados rojos del singular pueblecito de Casablanca, ayudan a crear una atmósfera de quietud, sabedores de que la naturaleza del lugar ha dotado al mismo de una colina desde donde puede admirarse la parte más colonial de La Habana.

Es el Cristo que esculpió Jilma Madera, el cual posee una longitud de quince metros de altura y a su vez se encuentra colocado encima de un pedestal de tres metros en el mismo pináculo de esta colina. Colina y mar hacen el complemento perfecto de este paisaje, sitio marino por excelencia donde puede observarse buques de gran porte pero también pequeñas lanchas de pasajeros que transportan a los vecinos a ambos lados de la Bahía.

Poseidòn, dios de los mares para los griegos, y Neptuno para los romanos, carismático y enérgico a la vez, este Cristo tal cual fuere un dios del Olimpo, es admirado por muchos, debido al detalle del rostro desafiante. Pero el Cristo de la Habana ya no está solo en sus andares de protector de nuestra bahía, al otro lado de la ensenada y bordeando el malecón se encuentra Poseidón, dios de los mares para los griegos y Neptuno para los romanos.

Ciertamente nos encontramos ante una fusión de credos, que incluye también las culturales, cuestión transcendental para todos los cubanos que siempre hemos abrazado desde aquí lo mejor de la cultura universal.

El Tunel de La Habana

tunel habanaEl túnel que pasa por debajo de la Bahía de La Habana tiene más de seis décadas de servicio eficiente en el sistema vial de Cuba, particularmente en el nudo de comunicaciones que da acceso y salida a la capital. Es una de las obras de ingeniería civil más notables de todo el país. Antes de su construcción, era necesario dar un rodeo de decenas de kilómetros alrededor de la rada habanera para salir hacia el Este. Hoy es cuestión de casi un minuto.

El túnel tiene una longitud de 733 metros y posee cuatro vías de ida y vuelta que desahogan mucho la corriente del tránsito vehicular.

Está sumergido bajo el canal de entrada de la bahía, y consiste en un sistema de tubos de hormigón reforzado que soportan un peso de miles de toneladas de agua, cosa que han hecho hasta hoy con toda seguridad.

En automóvil u ómnibus se pasa de un lado al otro en unos 45 segundos a 60 kilómetros por hora, un día de tráfico normal. Muy raras veces se producen congestiones de tránsito en ese trayecto. Su existencia hizo posible, después de la Revolución, el desarrollo de grandes planes de viviendas en el Este de la ciudad de La Habana, donde viven hoy más de cien mil personas en edificios multifamiliares. Hay en esas áreas poblacionales una red de servicios públicos que da atención a los residentes, la mayoría de los cuales trabajan en la cercana capital y pueden regresar temprano a sus hogares en situaciones normales.

El túnel se construyó en treinta meses, entre 1952 y 1953, por una compañía francesa, la "Societé de Grand Travaux de Marseille", bajo la dirección técnica del ingeniero cubano José Menéndez Menéndez.

Cada vez que uno pasa por el túnel de La Habana en algún vehículo y piensa en el enorme peso que soporta esa construcción no puede menos que sentir admiración por los ingenieros que lo diseñaron y los obreros y técnicos de la construcción que, en condiciones extremadamente difíciles, hicieron posible esa obra. El trabajo se realizó constantemente bajo el agua, con el auxilio de equipos especiales y sin dejar de tener en cuenta que ese canal de la bahía siempre estuvo infestado de tiburones que siguen a los barcos de carga en busca de alimento. El túnel sólo ha tenido que ser cerrado al tránsito cuando se han producido penetraciones del mar en su zona de enclave y o por sus vías exteriores de acceso, nunca por derrumbes o filtraciones internas.

En su parte más profunda se encuentra a unos 14 o 15 metros, de 42 a 45 pies, bajo la superficie de la bahía. Sobre los cilindros, cada vía es un cilindro, tienen unos dos metros de concreto, que en realidad son para protegerlos de otros daños marinos

La Glorieta de Manzanillo

glorieta-manzanilloLa ciudad de Manzanillo, en Cuba, cuenta con una Glorieta declarada Monumento Local por la Dirección Nacional del Patrimonio en el año 1991, debido a su belleza y a los extraordinarios valores que posee. Erigida en el centro del parque más importante de la localidad, es orgullo de los manzanilleros y motivo de admiración para el visitante.
La idea del proyecto inicial fue generada para homenajear al alcalde Manuel Ramírez León, quien declinó la oferta y sugirió que el dinero fuese empleado en una obra perdurable que embelleciera y diera brillo a la ciudad de Manzanillo. Se puede decir que casi todo el pueblo cooperó. Los maestros de obra, ayudantes y peones dieron su aporte con innumerables horas extras; los materiales fundamentales fueron importados desde España sin que mediara lucro alguno. La Colonia Española de Manzanillo donó el vítreo escamado de la majestuosa cúpula.
La Glorieta del parque Carlos Manuel de Céspedes de Manzanillo cuenta con una genealogía arquitectónica que se remonta al Siglo XIII español, pues fue concebida tomando como modelo la existente en la ciudad española de Granada.
Surge en el primer cuarto del Siglo XX y a este hecho histórico se le atribuyen tres elementos importantes: la concepción original o trazado del proyecto técnico, la idea de construcción de una glorieta en el centro del parque principal y el proyecto de construcción de la obra.
La puesta en marcha del proyecto requirió de un apoyo económico que recayó fundamentalmente en intelectuales, personas conscientes, en instituciones de poder y en menor cuantía en la Alcaldía Municipal que contaba con un presupuesto prácticamente inexistente. La figura principal de este proyecto fue un arquitecto de cuna santiaguera y de estirpe manzanillera llamado Carlos Segrera Fernández. En los trabajos in situ participaron: un ingeniero civil, maestros de obras, un plantillero, carpinteros, pintores, electricistas y otros obreros-ayudantes.
La edificación de la glorieta manzanillera es de estilo ecléctico y presenta un excelente arte morisco. En su concepción general se compone de una planta hexagonal que se erige a más de un metro del suelo, con un zócalo exterior enchapado con lozas cerámicas vidriadas y dibujos entrelazados, todo policromado con genial simplicidad. Sobresalen en la edificación 18 arcos de medio punto, peraltados y polilobulados, los cuales están soportados, a su vez, por 24 enjutas columnas pareadas que descansan sobre pequeñas basas con fustes delgados y anillados.
Como ornamento significativo se pueden apreciar, sobre los elementos cúbicos, las iniciales de Manuel Ramírez León (M.R.L.), alcalde al cual se le atribuyó la iniciativa de construcción de la glorieta en el centro del parque principal. Debido a las necesarias rehabilitaciones y restauraciones que ha sufrido en distintos períodos, se ha variado el color original de los ornamentos y hoy en día la Glorieta exhibe una policromía diferente a la del proyecto realizado en los años 1923-1924.
La obra fue inaugurada oficialmente el día 24 de junio del año 1924 durante el comienzo de los carnavales, desde entonces fue la sede de la Banda Municipal de Conciertos durante un tiempo y ha sido el centro de diversas actividades políticas y culturales de la región.
Basándonos en el año de realización del proyecto de la Glorieta de Manzanillo (1918), en la maestría demostrada por el proyectista que lo concibió y lo llevó a planos y en el profundo conocimiento que tenía de la arquitectura de los kioscos del Patio de los Leones de La Alhambra en Granada, España, para poder establecer una analogía tan precisa con la nueva obra salida de su imaginación, presupone que fue José Martín del Castillo el artista que realizó tales planos y que más tarde, a pedido del profesional que lo dirigía, el arquitecto Carlos Segrera, se los facilitó para que él participara con dichos planos en el concurso convocado por el Ayuntamiento de Manzanillo con el propósito de construir en medio del Parque de Céspedes una edificación destinada a las interpretaciones de una banda de conciertos. Solamente puede concebir el proyecto de una obra arquitectónica inspirada en otra existente, aquella persona que posea conocimientos teóricos y técnicos y que conozca perfectamente bien el modelo en que se inspira, de forma tal que pueda trabajar sin dificultades con las medidas y proporciones, así como con las distintas vistas de la edificación. Esa persona era el dibujante granadino.
El prematuro fallecimiento de José Martín del Castillo, en diciembre de 1924, impidió cualquier reclamación por parte suya, motivada por la ausencia de su firma en los planos de la obra. De haber aparecido esa rúbrica hubiéramos sabido, incuestionablemente, que un hijo ilustre de Granada, artífice de la pluma y el tiralíneas, había sido el genio que concibió y dibujó la Glorieta que es símbolo arquitectónico de una ciudad de Cuba; no obstante, el proceso investigativo desarrollado permite afirmar que José Martín del Castillo participó en la concepción y trazado de los planos de esa Glorieta que hoy engalana el Parque de Céspedes de Manzanillo para dicha de todos.

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